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El poder de la presencia en la ecosexualidad

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Por Yunuen E. Díaz Velázquez*

El pasado viernes 6 de septiembre estuvo en México la aclamada artista Annie Sprinkle, quien junto con a su pareja Elizabeth Stephens (académica, performer y activista queer) desarrollaron la plática performativa “Cómo hablarle sucio a las plantas”, en el marco del festival Poéticas y prácticas ecofeministas o cómo salirse del guión, sobre una propuesta nombrada por ellas como ecosexualidad. A través de ésta, las artistas nos invitan a percibir a la tierra como nuestra amante, una sexualización de nuestro entorno que nos colocaría en un accionar políticamente comprometido con las crecientes preocupaciones ecológicas.

Es interesante apuntar cómo las artistas emigran de la pospornografía a la ecosexualidad. Primero con lo posporno lanzaban la noción de que se podía utilizar material sexualmente explicito para construir imágenes más artísticas, experimentales y políticas, que le alejaban de la pornografía tradicional abriendo nuevos imaginarios sobre la sexualidad. La idea no era centrarse en lo erótico, sino subvertirlo para cargarlo con nuevos significados.

El concepto posporno aparece con la pieza desarrollada por Annie Sprinkle en 1988 llamada Post porn modernist, una obra en la que permitía a los asistentes acercarse a su vagina y mirar a través su útero que mantenía abierto con la ayuda de un espéculo. Esta pieza se mantuvo en gira durante 5 años y junto con el libro autobiográfico que la artista escribió posteriormente, el término se popularizó convirtiéndolo en una corriente estética que durante los últimos años ha ido ganando cada vez mayor popularidad entre artistas mexicanos como Rocíoo Boliver o el joven Leche de Virgen Trimegisto, por citar algunos.

El cuerpo que se encuentra inscrito en un entramado de significaciones de raza, género y posición social, es dislocado en el acto posporno que a través de la exhibición interrumpe su devenir cotidiano. El intempestivo accionar performativo del posporno no tiene que ver con el placer, necesaria o únicamente, sino más bien con irrumpir en las convenciones, burlarlas, poner en entredicho las retículas entre las cuales nos movemos para desactivar sus códigos, exponer los usos y costumbres habituales como prácticas de poder. Una política de la exhibición que desmantela la habitual división entre los ámbitos público y privado. Si la sociedad propone que mantengamos nuestra sexualidad como algo oculto, que no debe mostrarse ni verbalizarse, estos artistas nos proponen develar, poner de manifiesto. Mostrar significa para ellos activar en un sentido crítico el tema de la sexualidad, como una expresión de contrapoder.

Esta insurrección tendría que ver con algo que podríamos nombrar como una líbido política, la dislocación de la sexualidad heterenormada como estrategia subversiva. Lo curioso es que mientras en México, las prácticas de los pospornistas se abrevan en una hiperdemostración de la disidencia genital, Annie sigue construyendo su poética desde una estética lúdica que sobreviene los valores a través de un entramado afectivo. Su ecosexualidad ha sido el desarrollo de un trabajo realizado con su pareja durante 7 años, el love art laboratory, la vida y el amor como arte, en donde dedicaron cada año a uno de los chackras de su cuerpo, por tanto a un color y a una forma de acercarse al mundo. Luego de este trabajo, de haberse enfrentado juntas al cáncer de Sprinkle, de haber realizado numerosas bodas para exponer el tema de la necesidad de aprobar las uniones civiles entre personas diverso sexuales, y de haber ensanchado sus relaciones políticas y artísticas, deciden ahondar en la ecosexualidad.

Esta afectividad me parece fundamental en el trabajo de Annie Sprinkle y Beth Stephens. Se trata de un cuerpo que es además rostro: presencia e insondabilidad. Efigie que nos posiciona frente a otro cuya mirada nos revela una existencia humana. Ese otro que vive como yo, yecto en el mundo, enfrentado a sus circunstancias, construyendo su propia significación, cuerpo que es pensamientos y afectos encarnados. El cuerpo de estas performers no separa, incluye, construye su devenir desde la presencia, por ello las artistas solicitan “más sexo en vivo”, la abstracción puede resultar en la destrucción de esta acepción ética que se nos presenta al percibir al otro en su totalidad.

En la exposición Confeti make-up, que se exhibe en el Museo Universitario del Chopo, nos encontramos con la obra Pearl beam del artista Manuel Solano, quien  usando la imaginería de un cuento de hadas, nos presenta un chico que ensancha su ano deslizándolo sobre un blanquísimo cono que llena posteriormente con sus manos de un resplandeciente polvo diamantado, el rostro en esta imagen ha desaparecido, se muestran sus miembros cercenados, su abyección es prolongada por la desaparición de una posible identidad, sin ella, se trata sólo de genitales, órganos que intervienen en un proceso maquinal, no el cuerpo sin órganos que proclamaba Gilles Deleuze, sino el órgano sin cuerpo. En la pared opuesta del museo, sin embargo, encontramos los rostros de chicos que posaron para la revistas gay Apolo, obra de Pablo López Luz, que subvierte su desnudez y a cambio lo que nos muestra es más bien su rostro,  gesto que disloca la genitalización del individuo, su disgregación genérica, a cambio de donarnos su presencia. Si la intención original de la revista resalta no al individuo como tal, sino en tanto instrumento de  un sistema de deseo, el colocar el rostro sin mostrar su desnudez nos remite a una poética del individuo, no es su sexualidad lo que interesa, sino su humanidad, esta lo coloca, como rostro, más allá de un código binario homosexualidad/heterosexualidad para ubicarlo en el nivel de humanidad.

El trabajo de Annie Sprinkle ha hallado resonancia a nivel mundial probablemente por ello, cuando el cuerpo femenino pornográfico era sólo objeto, ella colocó en él a la persona, como ente desorganizador del imaginario tradicional en las relaciones de poder entre géneros. Ahora que sus intereses viran hacia lo ecopornográfico, Beth y Annie colocan como estandarte que la ecopornografía es una relación de compromiso, de afectos que perduran en el tiempo. Una propuesta que nos religa con los otros y con lo otro, el mundo natural que tiende en nuestra industrialización a desaparecer. Considero que esto es lo que ha mantenido a estas artistas en el lugar privilegiado del que gozan, un posporno que ha ensanchado las fronteras para posicionarse como lugar ético de producción de sentido.

* Doctorante en Arte, Imagen, Cultura y Sociedad.