Del orgullo al no me mates

Por • 04 Jul 2013 • Arcoiris, Por mis derechos

El académico Héctor Domínguez Ruvalcaba comparte su lectura sobre la XXXV Marcha del Orgullo LGBTTTI de la ciudad de México, donde se hicieron presentes tanto la festividad como la protesta.

Foto: Pamela López

Héctor Domínguez Ruvalcaba*

Tenía uno que recordarse a cada rato que era la marcha treinta y cinco, año de 2013, y que todo parecido con los años noventa se debía a que mucha de la gente de entonces seguía yendo y a que los novatos aprendieron bien el mismo guión de sus predecesores, ¿será por eso que le llaman «marcha histórica» (paradojas aparte)? La cultura de la militancia no convence a la mayoría que asiste a la marcha como a una de tantas fiestas multitudinarias con que se nutren nuestras pasiones gregarias. Los rituales y tradiciones tienen sus inercias, los gestos se repiten sin causa visible, acaso una marcha del orgullo LGBTTTI en la capital mexicana sea en gran medida un evento del inconsciente colectivo que nos avienta cada año a la avenida Reforma hasta llegar a paso lento al Zócalo de los estrépitos, simulando no advertir que la lluvia acecha. Porque la marcha dura lo que la lluvia decida, en esta ciudad donde lo más parecido a la puntualidad son las lluvias de verano.

Dijeron que era de protesta, que bastaba ya de carnavales, que la música debía inhibir sus decibeles, que ay de aquél que se presente a toda piel, como su madre lo echó al mundo, porque el pudor ha llegado con la edad a ciertas cabezas del movimiento (y no me canso de lamentar esa pusilánime obediencia que borró de un tajo la tradición nudista del México contemporáneo). La presencia policial era excesiva: por qué, por qué el estado insiste en presentarnos ese gesto hostil de uniformados que arrestan vendedores ambulantes y arrebatan cervezas de los transeúntes. No olvidemos que el evento de Stonewall con que inicié el movimiento gay consistió en un acto de resistencia contra la homofobia de la policía de Manhattan. Ley seca, hostilidad del estado, victimización de vendedores, prohibición del desnudo, constriñen y acosan a una ciudadanía que de un tiempo a acá ha visto cómo un estado de excepción la expulsa paulatinamente de calle. Esto se parece cada vez más a una dictadura: lo que hay a la vista es una amenazante presencia uniformada, un prurito prohibicionista cuyos códigos nadie entiende y una exaltación nacionalista. La marcha del orgullo gay es también marcha de símbolos patrios: penachos, trenzas, sombreros y caballos. Moralidad cívica y patriótica que ignora al cuerpo y su erotismo y lo recubre de fetiches de la hipermasculinidad e hiperfeminidad vernáculas, binaria cantaleta heterosexista que se filtra en los prejucios y fobias de la comunidad LGBTTTI.

Hasta ahí queda el engorroso intento de sujetar a control a una masa que de igual forma se contonea, grita, baila, se exhibe, liga, olfatea, o no se quiere perder la foto, porque la mitad de la concurrencia marcha y la otra mitad apunta y dispara para seguir inundando de imágenes esos archivos de las redes sociales que todos irán a consultar apenas lleguen a algún punto de resguardo cibernético. Acto de posar y fantasear en el cruce de lentes y máscaras––es inevitable recordar que en portugués fantasía es la palabra para disfraz––, la marcha es un carnaval, una fiesta de fantasías y como tal es un acto estético y político. Salieron no a exigir tolerancia y respeto sino a darse a desear, a imponer su presencia como acto seductivo, o en todo caso a demostrar que del lado de las aceras y desde las ventanas y los balcones una ciudadanía solidaria y alegre los celebra: utopía de la ciudad por fin moderna que ya no censura a la diversidad sexual y le ha otorgado derechos. Y así quedaría entendido si no fuera por una escena en Reforma que nos recuerda que más allá de la marcha, cuando dejamos las máscaras, otro país se revela: desde el primero y segundo piso de un edificio en construcción un grupo de jóvenes de apariencia humilde silbaba y gritaba vocablos que aunque cargados de sexualidad, denotaban homofobia. Por la calle, un contingente coreaba consignas y llevaba pancartas informando que México era el segundo país en Latinoamérica en crímenes de odio. Un hombre travestido y en tangas responde a las provocaciones de los hombres del edificio mostrándoles el trasero; todos ríen y aquéllos silban con euforia. Bien podrían ser chacales disponibles esa misma noche para algún encuentro sexual con los que marchan fuera del clóset, gays por hecho y derecho… Difícil dar con el odio en esta escena, pero ahí se asoma latente, y uno se queda intranquilo de pensar que entre tanta criatura fantasiosa vaya la siguiente víctima, la que habrá de conmovernos y nos indigne tarde que temprano.

* Profesor asociado de Litertura y Cultua Latinoamericanas. The University of Texas at Austin

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