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Hacia una generación sin VIH

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Por Rocío Sánchez

Con motivo del quinto aniversario del Consorcio de Investigación sobre VIH/Sida y Tuberculosis (Cisidat), del cual es investigador honorario, el doctor Jaime Sepúlveda Amor visitó la ciudad de México para dictar una conferencia magistral. Como personaje clave en la historia de la epidemia en México y en el mundo (trabajó también para la Fundación Bill y Melinda Gates), considera que es momento de poner en marcha una tercera ola de prevención del VIH/sida, la cual conjunta a la primera ola (estrategias de cambio de comportamiento) y la segunda (herramientas biomédicas), para tener una mejor respuesta y optimizar así los recursos económicos y humanos contra el VIH.

El ex director de Epidemiología de la Secretaría de Salud se desempeña actualmente como director ejecutivo de Ciencias Internacionales en Salud de la Universidad de California en San Francisco, pero sigue siendo identificado como el creador del Comité Nacional de Prevención del Sida (Conasida) en 1985.

¿Cómo fue pensado el Conasida, cómo fueron sus primeros años?

Fue una época muy emocionante. Debo decir que seguramente es la época más intensa de mi vida profesional. No he vuelto a tener una pasión tan grande como la que tuve en esos años en la Dirección General de Epidemiología, en donde me tocó fundar Conasida.

Empezó todo por una reunión a nivel internacional en Washington, a finales de 1985, donde la Organización Panamericana de la Salud instó a que todos los países de la región crearan comités de prevención y control del VIH/sida. Como estudiante de doctorado en la Universidad de Harvard, en 1981, yo había visto la primera publicación sobre este extraño mal que aquejaba a hombres jóvenes homosexuales, un reporte que me fascinó, me intrigó como epidemiólogo y desde entonces seguí la evolución del estudio de la enfermedad.

Luego de esta reunión a la que aludo, llevé a las autoridades de la Secretaría de Salud, al doctor Guillermo Soberón, una propuesta para la creación, primero, de un Comité., que después se transformó en Consejo Nacional.

El Instituto Nacional de la Nutrición había identificado los primeros casos de VIH/sida desde 1983, y aunque eran pocos casos los que se habían reportado en México para 1985, decidimos que era muy importante establecer un grupo que conjuntara a académicos, a tomadores de decisión y también a la sociedad civil. Y creo que eso fue uno de los grandes aciertos en el diseño de ese Comité Nacional de Prevención del Sida, a tal grado que mucha gente suponía que Conasida era un organismo no gubernamental, por la frescura de su mensaje, por la falta de burocracia en su quehacer y por la agresividad con que empezó a presentar mensajes. Por vez primera en este país tuvimos a un secretario de Salud en televisión mostrando un condón.

Y debo decir que el valor personal del secretario Guillermo Soberón y el apoyo que nos brindó desde el primer día, fueron excepcionales. Nos permitió entonces trabajar en absoluta libertad, con base en evidencia de qué funcionaba en ese momento, con aquellos instrumentos, para hacer una comunicación amplia, para la importación de grandes cantidades de condones para su distribución en poblaciones con prácticas de alto riesgo, y para establecer un diálogo directo con poblaciones afectadas. Creo que esa fue una fórmula exitosa. Una experiencia que, insisto, ha sido la más rica que he tenido en mi vida profesional, no exenta de grandes obstáculos al exterior del gobierno, al interior de la propia Secretaría, ya no digamos con otras Secretarías que veían con malos ojos el empleo de un lenguaje crudo en medios masivos de comunicación.

Así, con tropiezos pero con entusiasmo de grupos civiles fue que logramos divulgar los mensajes centrales sobre la forma de transmisión, sobre los modos de prevención, y con esas herramientas–y eso lo pudimos saber al cabo del tiempo– se logró contener la epidemia. Si volteamos al norte del país o al sur o al Caribe, que son nuestras tres fronteras, podemos comparar cómo se dio la dinámica de transmisión, las medidas que se tomaron y, eventualmente, el impacto comparativo en esas fronteras.

Así, creo que sin triunfalismos de ningún tipo, podemos decir que en México hubo una acción temprana y agresiva que sirvió para contener la epidemia. Y ese fue el origen de un Consejo Nacional que fue cada vez más incluyente. Más tarde se le cambió el nombre y se creó el Censida, que es propiamente el órgano ejecutor del Consejo Nacional, el Conasida. Este cambio, que hizo en su administración el doctor Julio Frenk, fue una buena medida y confío en que los éxitos que se tuvieron en la gestión y desarrollo del Conasida continúen por muchos años.

En el tema del VIH, ¿qué papel han jugado las creencias personales de los funcionarios en la creación de políticas públicas?

Creo sinceramente que México es un país excepcional puesto que ha tenido secretarios de Salud de primerísimo orden. Con alguna excepción, los secretarios de Salud han sido elegidos por el presidente en función de sus conocimientos. Casi todos han sido investigadores universitarios y creo que eso es una diferencia con la mayor parte de los países de Latinoamérica, que conozco muy bien. La esperanza de vida de un ministro de salud es de 18 meses. En nuestro país hemos tenido la doble ventaja de tener gente muy competente científicamente y que además casi todos han terminado su gestión. Entonces ya tenemos 25 o 30 años de una escuela que empezó con Soberón, siguió con Kumate, con De la Fuente y después con Frenk. Todos ellos eran verdaderos investigadores y han hecho una muy importante contribución no partidista, sino con base científica, y creo que eso es excepcional.

En qué medida un funcionario refleja su ideología personal en las políticas públicas es una pregunta amplia, interesante y a la que no necesariamente puedo dar una respuesta breve. Seguramente influye, pero recuerdo la biografía de Valery Giscard D’Estaing, presidente francés (1974-1981) muy católico, en donde decía que su ideología y creencias personales no influirían en sus decisiones como político. En Francia el aborto tenía una política liberal y Giscard decidió no contaminar su ideología personal en las políticas públicas. Me parece que es la postura que todo político debe tener.

Ha hablado usted sobre reformas estructurales que necesitan hacerse para optimizar los recursos dedicados al VIH/sida, ¿cuáles son esas reformas?

He hablado al respecto a nivel global y, concretamente, como análisis del  Plan de Emergencia del Presidente para el Alivio del Sida (PEPFAR) que Estados Unidos ha llevado en África, y las reformas legales que necesitan darse con urgencia en lugares como en Uganda, en donde está proponiéndose la criminalización de la homosexualidad, incluso con penas corporales severísimas.

Ese es el tipo de ambientes, el entorno que urgentemente se necesita modificar. Cambiar leyes para reducir estigmas y permitir un ambiente en donde los grupos con prácticas de riesgo no sean marginalizados socialmente, al contrario, que sean incorporados en las medidas de prevención, ya sea reducción de riesgo con adictos a drogas intravenosas, ya sea en hombres que tienen sexo con otros hombres, ya sea con trabajadoras sexuales. Hay que crear un entorno social con bases legales que les permita reducir su riesgo.

En el contexto económico y político actual, ¿cómo reposicionar el tema del VIH como una prioridad para los gobiernos?

Es claro que a tres décadas de la aparición del VIH ha habido cierto nivel de agotamiento por parte de donadores, de políticos, y es verdad que en ciertas geografías ha dejado de ser una prioridad visible en el discurso público, sin embargo, creo que en África para nada es el caso. Sigue siendo la principal causa de muerte en muchos países, en ciertos grupos etarios, de manera que reposicionar esto como prioridad en el discurso público es algo que hay que promover en todos los países porque ahora existen herramientas más efectivas para la prevención.

La combinación de cambios de comportamiento con intervenciones biológicas, más el cambio estructural, ha probado ser efectivo en lugares incluso con gran prevalencia. Pasar de los estudios controlados a su escala nacional es algo que todavía falta por hacer, pero la demostración de efecto ya ha sido publicada ampliamente y eso es lo que ha dado lugar a una mayor esperanza, a un optimismo creciente de que es posible llegar incluso a una generación con cero transmisiones de VIH con los instrumentos actuales.

Creo que esa visión optimista, positiva, nos debe alentar a todos a incorporar estas nuevas herramientas en todas las naciones, en todas las circunstancias, independientemente del nivel de prevalencia existente. Si la prevalencia es alta, porque lo es, y porque tiene un gran impacto en la carga de enfermedad, pero también en lugares donde la transmisión y prevalencia son relativamente bajas, por la oportunidad que eso ofrece para eliminar su transmisión.

En México tenemos todas las condiciones, la experiencia, hemos erradicado muchas enfermedades infecciosas de nuestro territorio, no creo que sea imposible soñar en que podamos eliminar el VIH/sida en un futuro no lejano.