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La homosexualidad no es genética. Romper con las binariedades

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Julio Muñoz Rubio*

El debate acerca de los derechos de personas homosexuales se acentúa día con día. En México, este debate ha experimentado un impulso decisivo a raíz de la aprobación, el año pasado, de los llamados “matrimonios entre personas del mismo sexo” en el Distrito Federal.

Pero cabe preguntarse entonces, ¿De quiénes se habla cuando se mencionan derechos de personas del mismo sexo? ¿Quiénes son los sujetos de esos derechos?

Es necesario considerar las respuestas a estas preguntas desde un punto de vista crítico, porque sucede que el otorgamiento o conquista de derechos por parte de la comunidad LGBTTTI (lésbico, gay, bisexual, travesti, transexual, transgénero e intersexual), no logra romper aún con una visión de la sexualidad humana cada vez más anacrónica, consistente en mantener una división tajante de los seres humanos como hombres y mujeres.

Esta es una visión tipológica, anclada en las concepciones científicas del siglo XVIII y XIX. Concepción determinista en la que las fronteras entre lo biológico y lo social se borran y el ser humano, de uno u otro sexo, es visto tan sólo como el resultado de su naturaleza biológica.

Dentro de esta concepción se lleva a cabo una extrapolación de la binariedad macho/hembra a las binariedades hombre/mujer y masculino/femenino. Extrapolación abusiva, típica del determinismo biológico, en la que las distinciones entre categorías naturales y los constructos sociales quedan borradas y confundidas.

El problema que se encuentra con este abuso de las binariedades es que las formas de ejercicio de la sexualidad humana quedan fuertemente limitadas. De acuerdo con ella las opciones de práctica sexual son sólo la heterosexual hombre/mujer o la relación gay o lésbica. Esta restricción resulta insuficiente para explicar algo mucho más versátil como lo es la sexualidad humana. Sencillamente resulta una visión falsa.

La división tajante macho/hembra no puede cumplirse ni siquiera en el ámbito de lo estrictamente biológico. Existen muchos puntos intermedios entre esos dos tipos ideales y el hermafroditismo estricto (50% macho, 50% hembra). Como lo muestra la bióloga norteamericana Joan Roughgarden, numerosas especies animales presentan un comportamiento sexual muy diverso, modificándose incluso a lo largo de sus vidas individuales y haciendo muy difícil la distinción de las hembras y de los machos en estos casos no poco abundantes.

La pregunta obligada es: ¿Qué es ser hombre y qué es ser mujer? Y por lo tanto ¿Qué es lo heterosexual y qué es lo homosexual? Las distinciones tajantes basadas en la posesión o no de cierto tipo de cromosomas o de alguna hormona “especifica” de un sexo o del otro, se han venido cayendo a lo largo de las últimas décadas. Se derrumban con ello, la tradicional calificación de “anormalidades” o “aberraciones” a las variaciones ocurridas en esas estructuras y sustancias. Biológicamente cada vez hay menos fundamentos para sostener esta binariedad.

La dificultad se acentúa cuando pasamos al nivel de las relaciones sociales y la intervención de la cultura. Allí la determinación del sexo se vuelve un terreno aún más fangoso y complejo. ¿Cómo ha de distinguirse ello? ¿Por la ropa usada? ¿Por el timbre de voz? ¿Por el maquillaje, por la forma de caminar vestir o hablar? ¿Por el vello corporal? ¿Por el nombre de la persona? Esto no es una exageración ¿Por qué tiene que haber nombres propios de hombres y otros de mujeres? En el nombre de una persona se exhibe ya una genitalización del cuerpo y del conjunto de las relaciones sociales, genitalización tal que obliga a la persona a comportarse como un hombre o como una mujer, dependiendo de si se llama por ejemplo Julio y no Julia. El resultado es una fetichización de la sexualidad y de todas las relaciones a las que esa sexualidad fetichizada da lugar.

Si hablamos de género y no de sexo, entonces la multiplicidad de las relaciones y su variabilidad son mayores porque refieren a la relación social en su totalidad, se trata de una actitud ante el mundo, la cual además, es cambiante, no está fijada en los genes, no cabe dentro de ningún estereotipo.

Desde fines de la década de los años 40 del siglo pasado, esta flexibilidad del comportamiento sexual fue señalada por Alfred Kinsey, quien constató que sólo es una minoría de la población la que se comporta estrictamente como homosexual o como heterosexual, experimentándose en la mayoría de la población variaciones y saltos de una forma de práctica sexual a otra. Kinsey expresó a partir de ello que no se puede hablar de “estados” sexuales fijos, sino de “relaciones” sexuales cambiantes.

No obstante, las reformas legales que otorgan derechos a la población gay y lésbica siguen manteniendo esa tipología binaria rígida hombre/mujer, él/ella; continúan con una cada vez mas anacrónica sexualización de la vida sexual como determinada genéticamente.

Con esta visión no es posible explicar la transexualidad ni la transgenericidad ni el travestismo ni la intersexualidad. Se sigue sosteniendo que las relaciones humanas se dan entre individuos sexuados de acuerdo con esa binariedad determinista hombre/mujer.

Uno de los puntos de una verdadera revolución sexual y social está en la ruptura con tal binariedad, con dejar de preocuparnos por saber de qué sexo somos y mejor preocuparnos por lo que deseamos.

* El Dr. Julio Muñoz Rubio es biólogo egresado de la Facultad de Ciencias de la UNAM, maestro en Ciencias Biológicas por la misma Facultad y Doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Barcelona. Su campo de trabajo es la filosofía de la ciencia, en la que desarrolla investigaciones críticas del reduccionismo en biología. Actualmente es investigador de tiempo completo del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias de Ciencias y Humanidades de la UNAM.