Del “misterio de la iniquidad del mal” (Crónica de una cruzada homofóbica)*

Por • 16 Mar 2010 • Por mis derechos

El escritor Carlos Monsiváis reflexiona sobre las reacciones de odio que se desataron desde la aprobación de los matrimonios entre personas del mismo sexo. Revisa la historia de la homofobia en México, desde la época porfiriana cuando la policía irrumpió en un baile de parejas de hombres, hasta la declaración de Felipe Calderón que, “citando” a la Constitución, definió al matrimonio como la unión de hombre y mujer.

I. “AQUÍ ESTÁN LOS MARICONES, MUY CHULOS Y COQUETONES”

Primer signo de reconocimiento vindicativo de una minoría: el escándalo en torno a la redada de 1901 en la Ciudad de México, con —habla la leyenda­— 42 homosexuales presos, la mitad vestidos de mujer, entre ellos Ignacio de la Torre, yerno de Porfirio Díaz, al que se le permite la huida. A los detenidos, un sacerdote entre ellos, se les somete al descrédito público y a varios de ellos se les envía a trabajos forzados en Valle Nacional. El regocijo de largo alcance a propósito del Baile de los 41, con la serie de grabados alusivos de Posada, admite la existencia de los otros, de los que renuncian a su virilidad entre grititos y capas sucesivas de maquillaje. Por intercesión de la burla, el tema ya resulta mencionable. No hay duda: lo propio del homosexual es su inferioridad natural, su inhumanidad. El joto no es  ni hombre ni mujer, y sus únicos vínculos con el perdón son el choteo y las humillaciones interminables. (A las lesbianas no se les menciona. Recuérdese el cometario de la reina Victoria de Inglaterra, al informársele de un incidente con lesbianas: “There’s no such thing in England”)

En Los cuarenta y uno. Novela crítico social (1906), su autor, Eduardo A. Castrejón, predica ¾de otra manera la novela no se imprime¾ contra la “injuria grave a la Naturaleza” e inventa una velada abominable:

El corazón degenerado de aquellos jóvenes aristócratas prostituidos, palpitaba en aquel (sic) inmenso bacanal.

La desbordante alegría originada por la posesión de los trajes femeninos en sus cuerpos, las posturas mujeriles, las voces carnavalescas, semejaban el retrete-tocador de una cámara fantástica; los perfumes esparcidos, los abrazos, los besos sonoros y febriles, representaban cuadros degradantes de aquellas escenas de Sodoma y Gomorra, de los festines orgiásticos de Tiberio, de Cómodo y Calígula, donde el fuego explosivo de la pasión salvaje devoraba la carne consumiéndola en deseos de la más desenfrenada prostitución.

II. LA OFENSIVA NACIONALISTA: LOS ANORMALES NI SIQUIERA TIENEN DERECHO A  GRITAR ¡VIVA MÉXICO!

Al institucionalizarse la Revolución, procede la campaña por dignificar a la Patria que es toda virilidad; se insiste: un mexicano no puede ser un desviado, alguien al que “la inspiración les llega por detrás” (Julio Gómez de la Serna). Los conservadores mantienen sus presiones hipócritas, “defensoras de los valores”, a los homosexuales se les sigue enviando a las cárceles y el presidio de las Islas Marías, sin mayor delito comprobado que alguna riña, contoneos en la calle y el alud de sus afeites. Dicho sea no tan de paso, nadie protesta por estas injusticias, los maricones carecen de todos los derechos por su condición inhumana revelada a simple vista.

La izquierda marxista y el nacionalismo revolucionario coinciden ampliamente durante el auge del radicalismo (1925–1940, aproximadamente). Un punto de acuerdo es el desprecio hacia los homosexuales. En un artículo intitulado “Arte puro: puros maricones” (Choque. Órgano de la Alianza de Trabajadores de las Artes Plásticas, núm. 1, marzo de 1934. Reproducido en Textos polémicos, El Colegio Nacional, 1999), Diego Rivera se explaya contra el artepurismo, “el método lacayesco de ofrecer al burgués que paga un producto que no amenace sus intereses”, y se enfada:

Por eso el “arte puro”, “arte abstracto”, es el niño mimado de la burguesía capitalista en el poder, por eso aquí en México hay ya un grupo incipiente de seudo plásticos y escribidores burguesillos que, diciéndose poetas puros, no son en realidad sino puros maricones.

Evoca el poeta estridentista Manuel Maples Arce, en sus memorias (Soberana juventud, 1967):

En una ocasión (en la década de 1930) nos reunimos en el Salón Verde de la Cámara de Diputados para tratar el problema de los homosexuales en el teatro, el arte y la literatura.  Aunque hubo declaraciones reprobatorias, el diablo metió el dedo y ellos se quedaban más orondos que nunca, mientras la gente se preguntaba por qué se les permitía moverse con tanto desplante, cuando en la época de Porfirio Díaz se les obligaba a barrer las calles, como aconteció alguna vez a los que hicieron célebre el número 41, que popularizó una estampa de Posada.  La moral pública no depende de un grupo; es el estilo de una sociedad como diría Ortega y Gasset, y cuando ésta acepta que cada quien haga de su juicio un papalote, no existe posibilidad de dignificación.

El espíritu de mafia les dio preponderancia.  A veces emprendían verdadera persecución contra quienes se resistían a solidarizarse con sus intentos de hegemonía intelectual o se negaban a entrar en aquel monipodio.  Fue la época de la insistente publicidad de Proust y Gide, en cuya obra se amparaba la comedia de los «maricones» y el cinismo de los pederastas.

Pinche puto es la descalificación corriente, y si se usa maricón como sinónimo de cobarde, es porque también  la cobardía es una traición a la virilidad. No hay entonces algo semejante al clóset, al ocultamiento de la orientación sexual. Sólo la revelan quienes por su voz o su lenguaje corporal “cargan con la cruz de su parroquia”. Los demás viven en las prisiones contiguas del miedo, el sigilo, la compraventa discreta de “servicios”.

***

Varios poetas de primer orden adoptan la línea de la descalificación, En 1932 Renato Leduc señala en Los banquetes: “Porque al fin y al cabo el uranismo (en ese entonces sinónimo de homosexualidad) no es más que una de tantas éticas, una de tantas actitudes frente a la vida; es, por decirlo así, la actitud a gatas frente a la vida.”  Y añade, en un rapto de entusiasmo:

Ahora bien, puede afirmarse que la pederastía, como en el Derecho Romano la esclavitud, se adquiere con el nacimiento o por un hecho posterior, precisamente posterior, al nacimiento:

Pero los pederastas congénitos son, casi por definición, invertidos, anormales, enfermos y los otros son siempre ancianos impotentes o jóvenes degenerados cuya virilidad atrofiada no les deja otro recurso que recibir lo que ya no son capaces de dar.

Pederastía entonces no es la seducción de niños sino un sinónimo de homosexualidad. Leduc, por supuesto, no está solo en el cultivo del prejuicio. Así por ejemplo, otro poeta extraordinario, Efraín Huerta, en su “Declaración de odio”, se permite estas líneas:

Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad.
A ti, a tus tristes y vulgarísimos burgueses,
a tus chicas de aire, caramelos y films americanos,
a tus juventudes icecream rellenas de basura,
a tus desenfrenados maricones que devastan
las escuelas, la plaza Garibaldi,
la viva y venenosa calle de San Juan de Letrán.

Octavio Paz, en su gran poema Piedra de sol, escribe: “…el sodomita/ que lleva por clavel en la solapa/ un gargajo”. A los “desenfrenados maricones” los desprecian los constructores del paradigma heterosexual, con frecuencia bajo la consigna del Hombre Nuevo. Este sería el mensaje: “Si me burlo de abyectos, exalto el perfil de los seres como la nación exige o como Dios manda, entre ellos y antes que nadie, yo mismo”. Así, la homosexualidad (la conducta tanto más satanizada cuanto más imaginada: “Lo que hagan cuando están solos, me perturba”) cumple funciones del espejo negro en donde nada más se reflejan los prófugos de la ley y la virilidad.

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Un comentario to “Del “misterio de la iniquidad del mal” (Crónica de una cruzada homofóbica)*”

  1. Noel Reyes dice:

    Interesantísimo Monsiváis.
    Como siempre con sus inteligéntes y amenas reflexiones nos hace disfrutar
    su lectura.
    Gracias a Letra S por sus artículos en general ,y por este de Monsi en particu
    lar y en ésta ocasión.

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